Ensayo de una Imagen #1 – Rothko / Lo Abstracto

once de abril de dos mil dieciséis, por Elihú D.

Bueno, pues me encanta hablar de lo abstracto, no sólo porque puedo extender mis letras sin temor a ser juzgado de algo que no conozco, o de lo que no soy tan docto, porque precisamente hablo de algo que sólo yo entiendo; hablo de mí mismo. De mi interior.

Además, puedo elevar estas palabras, estas letras que sirven para expresarme a terrenos insospechados, dónde los límites de las circunstancias cotidianas se difuminan hasta que mi voz resuena en un cuarto, dónde abro los ojos y me encuentro solo y a oscuras.

Mis ganas de gritar y llorar de felicidad al tratar de expresar mis sentimientos y motivaciones al sentirme inspirado se ven sofocados por el miedo y la irremediable locura de que nadie pueda entenderlos.

Esa es la dicotomía exquisita, una paradoja sublime y desgarradora de un sentimiento abstracto: de una inspiración artística.

En este texto, hablaré de mi percepción de la obra Untitled (Blue, Green, and Brown) pintada por Mark Rothko en 1952, y expresada en dos interpretaciones personales sobre lo que me hace sentir.

Esta pieza –como mucho de la obra del pintor letón- es una calca de su psique incorpórea, donde la no-forma expresa una riqueza más allá de los rasgos y los contornos definidos.

Una forma de expresión más compleja o quizá más simple: todo depende de la mente incubadora del observador, pero desde luego, una pintura única en su entorno.

En mi caso, considero la pieza de una técnica discreta, además de sencilla; de trazos más o menos burdos si la comparo con los finos trazos de pintores del renacimiento, por ejemplo.

Aquellos que siempre buscando la perfección de la forma –en especial la humana-, manifestaron obras grandiosas, pero también la obsesión por la réplica realista del mundo que nos rodea.

¿Sombras definidas? ¿Trazos regulares obedeciendo a la posición de la luz? ¿Tridimensionalidad en la obra?

Rothko mandó al diablo todos esos preceptos y estándares estéticos del siglo XV y XVI, y plasmó algo mucho sutil, algo más sublime, algo más cercano al mundo de las ideas y los sueños y menos a la visión física y corpórea de nuestro alrededor.

No puso tres dimensiones. Puso dos, tres, cuatro, nueve o veinte. Las que sean. Todo depende de la perspectiva y las ganas de ahondar en la obra, que por momentos se vuelve interactiva.

Uno

A mí parecer la obra está dotada de un misticismo tremendo.

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Empezando con el color azul. ¿Qué puede brindar un mayor sentido de inmensidad que el azul, color del cielo y del mar?

Si a esto le agregamos tonos oscuros tenemos una mezcla difusa entre azul y falta de luz. Algo semejante a la noche y el mar.

Imaginar esto me remite a vislumbrar una escena de una tormenta en medio de un mar repleto de oscuridad.

Sabemos que está ahí, pero no podemos saber qué sucederá. Nos asusta lo que no podemos observar; sabemos que podría ser enorme porque eso nos brinda la no-forma: lo oscuro, lo infinito, lo difuso y lo descomunal.

Y por otro lado, también representa el vacío, la vacuidad, el abismo espacial; el lugar dónde todo puede pasar.

El miedo recorre las venas ante lo desconocido. Ante lo poderoso. Algo que puede aniquilarte en un segundo si te atreves a nadar en sus aguas un poco mar adentro.

Para mí es exquisito admirar la belleza los paisajes cuando sus componentes se van más y más allá. Hasta el infinito. Hasta el punto dónde no se sabe dónde empezaron ni dónde terminarán. Donde se hace imposible saber en qué punto empieza el cielo, y en qué punto, la tierra y el mar.

Un acercamiento a la exuberancia de lo desconocido.

Al tremendo interés y miedo que nos provoca si quiera observarlo.

Es como si un día sin más ni más despertaras en la superficie de la Fosa de las Marianas en el Océano Pacífico flotando sobre un colchón. Tienes el infinito sobre ti, y la profundidad más amplia de la Tierra por debajo. ¿Qué crees tú que sería tu vida ante la inmensidad?

***

Dos

Ahora bien, el cuadro no tiene todos los tintes existencialistas, ni mucho menos todos los tintes nihilistas.

Bien podría ser una interpretación dependiente del humor con la que se observe.

Podría ser una pieza viva, y cambiante según miles de factores que adopte o cargue el observador.

Eso es una virtud con la que juega magistralmente este singular pintor. Y que puedo relacionar con la obra de Pollock – y en general de los expresionistas abstractos-. Aunque éste último definitivamente no es tan sutil y juega más con lo escandaloso y provocador de los colores de una manera igualmente increíble.

Afortunadamente para mí, esta pintura, tiene también significados más sofisticados, pero por igual hermosos.

Uno de ellos es el tipo de efecto óptico -accidental o deliberado- que consiguió Rothko mostrando una especie de piscina pequeña y con agua cristalina, muy iluminada, en un cuarto cerrado. Quizás soy el único que lo ve así, quizás no.

Aquí el significado es muy contrario al anterior.

Aquí el clavado, no es hacia la inmensidad y lo inconmensurable de lo  que nos rodea.

Aquí el clavado es hacia el interior. ¿Por qué habría una piscina que además, desde mi perspectiva imaginativa, es muy honda –casi como un túnel vertical- en un cuarto cerrado, bañado de un azul en verdad exquisito?

Es un llamado a la tranquilidad. A la paz. A la introspección.

Es quitarse las prendas de los condicionamientos que nos rodean, es desnudarse de los miedos y las penas que cargamos en la mente y al ritmo de una canción bellísima sumergirnos en la dulce calma del agua –el líquido tan claro, tan puro, tan calmo bien podrían representar el cobijo suave y dulce, amoroso, que tenemos dentro de nosotros mismos. Quizá esos arrullos de infinito amor por parte de nuestra madre cuando éramos bebés, -ahora quizá algo olvidados-.

Y ahondar; nadar y nadar y nadar.

Buscar las respuestas, entrenando nuestros pulmones para estar viviendo en nuestras verdaderas necesidades y deseos sin tener que salir a tomar agua. Es casi como sumergirse en una nube de humo líqudio de tu propia tranquilidad; la quintaesencia del chill-out, de la música lounge, la meditación y un sinfín de elementos modernos que hoy nos rodean buscando un sentido de bienestar  y paz espiritual.

Saber que todo estará bien. No.

Que de hecho, todo está bien.

Confiar en algo superior que no logras identificar pero que habita dentro de ti y siempre tendrá una piscina lista con agua cristalina esperándote para cuando quieras sumergirte a descansar y soñar.

***

Esas fueron mis dos interpretaciones acerca de esta pintura.

Está de más decir que todos los sentimientos y emociones que plasmé en este texto son muy personales, pero estoy seguro, no están tan lejanos de las sensaciones que el mismo Rothko desde su propio ser quiso expresar.

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Si bien no es mi obra favorita de la vida, sí entra en las que más me gustan por lo que me hace sentir y me transmite al observarla con detenimiento.

Rothko fue un gran pintor de lo abstracto y lo admiro por usar el color de manera impactante y subjetiva, con formas no definidas y difusas; justo como son los paisajes que me gusta observar.

 

 

 

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